De pagafantas a follamigo (1ªparte)

Acababa de salir de una ducha hirviente, como a John le gusta, sobre todo, para excitar todo su cuerpo y, especialmente, su cabeza y su cuello, cuando una bombilla se le encendió cuando apreciaba que no dejaba de pensar en el último ligue. A John no le decía nada raro estar pensando en el último polvo, le pasaba siempre, pero esta vez, esos pensamientos automáticos de sexo desenfrenado no paraban de repetir la misma escena, a modo de déjà-vue insistente con altas dosis de fijación que rallaba la normalidad en John. Mientras localizaba su ropa, los calzoncillos encima del depósito del wáter se convertían en un cinexin con esa secuencia en color donde John disfrutaba con la visión de esa chica, que casualmente conoció en la cola de los lavabos del Ding, el local de moda del centro de Barcelona. Cuando había subido sus gallumbos de marca, a 15 euros del ala, y colocado bien su querido paquete, los calcetines finos de color negro volvían a convertirse en una sábana para ese particular cine en el que había transformado John su estrecho lavabo. Rápidamente, los cogió de un manotazo para intentar evitar ser engullido por esas imágenes ya rutinarias, a pesar de lo que le gustaba tener sexo mental, y parece que su cerebro atendió su nerviosismo y su alto grado de estrés. Casi se vuelve a duchar de la atmósfera que había creado en su cuchitril, además de la calor asfixiante de esta humedad caribeña casi tropical que rodea la capital condal.

Paseo accidental por el Borne
Tras abrocharse su camisa recién planchadita, de un color blanco radiante la cual le encantaba para lucir un moreno atractivo pero no demasiado acentuado, el pantalón ajustado le costó un pelín abrochárselo: las tapas del bar de su amigo Roy, un uruguayo fortachón y siempre hospitalario, hicieron mella en la silueta de John y solamente aguantando la respiración pudo atravesar los ojales los seis botones de acero del jean. Aún así, sonrió más contento que nunca delante de su espejo grande y antiguo del pasillo y sus pensamientos corrieron al bar de Roy donde disfruta como un cosaco bebiendo cerveza Moritz con los pedazos de pizza de tapa, sobrantes de las pizzas que prepara en su establecimiento el uruguayo. A John le gusta darse cuenta de los pensamientos automáticos y en ese momento, en lugar de martirizarse por los cuatro kilos que había echado en el buche, siguió recordando la última parada con su último ligue, rodeado de sus fieles amigos, donde las risas y el buen humor pululan por todo el ambiente del Ontario, el bar de Roy.

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